La vida implica experiencias de todo tipo. Para fluir por ella lo mejor es amar y aceptar todo aquello que aprendemos.

A lo largo de la vida vamos hallando en nuestro camino un sinfín de vivencias. Algunas las abrazamos rápidamente porque nos alegran, como el nacimiento de un hijo o una nueva y bella amistad. Otras, en cambio, nos cuesta aceptarlas, porque nos han herido, como la pérdida de un ser querido.

Si el dolor es profundo puede incluso que lleguemos a cerrar nuestro corazón intentando protegernos. Si bien en un primer momento ante una experiencia que nos ha lastimado –una enfermedad, una ruptura amorosa o un despido laboral– es totalmente normal y legítimo intentar apartarla, oponerse demasiado tiempo a aquello que la vida depara puede llevar a instalarse en posiciones de rechazo, de sentimientos de injusticia, tal vez de rencoro de rabia, que son las galerías del sufrimiento humano.

Y así dejamos de crecer como personas y de enriquecer nuestro abanico de experiencias. “Llegar a apreciar o a aceptar, a incluir en nuestro corazón, las experiencias que hemos tenido, incluso aquellas que fueron difíciles, es a la larga una buena estrategia. De esta manera también nos mantenemos más abiertos a la vida y nos enraizamos más en nosotros mismos”, considera Joan Garriga, cofundador del Institut Gestalt de Barcelona.

Intentar aceptar y apreciar las cosas complicadas que nos suceden no implica que dejen de hacernos daño. Pero no se trata tanto de no luchar como de aceptar y seguir avanzando. En el fondo, es cuestión de agradecer aquello que nos va ocurriendo e ir soltando lastre, para moverse sin carga.

Porque tomar consciencia y dejar ir genera amplitud, espacio para observar. A partir de ahí se puede elegir qué hacer, qué pasos dar, dónde poner la mirada.

Abrazar los aprendizajes

Ser delicado y cuidadoso con los procesos de aprendizaje, amar lo que surge y lo que se adquiere en cada momento, aunque a veces duela, nos reconcilia con partes valiosas de nuestra humanidad.

Amar aquello que se aprende, amar sin la dimensión que tiene amar a un hijo o a un amigo, sino más bien como acto de conformidad, de no oposición, de aceptación. De tratar de extraer alguna semilla fértil de aquello que fue difícil. Porque entonces sí que puede brotar amor, que no es tanto un estado emocional como una actitud de acogimiento, de bienvenida a las cosas tal como se manifiestan.

Todo puede tener un lugar. Hay quien considera que padecer enfermedades tan graves como el cáncer es lo que genera un verdadero aprendizaje; no obstante, todo en la vida es una puerta abierta para aprender, desde casarse a tener un hijo o comenzar una nueva etapa laboral. Amar todos esos variados aprendizajes que se nos plantean permanentemente es un largo camino con diversas fases.

Cada uno tiene unos tiempos y procesos para avanzar en ese viaje. Si algo le sucede a un hijo o a la pareja, eso nos sumerge en una especie de remolino emocional interno. Recuperarse de esa vivencia y poder emprender el camino de nuevo –separándose un poco del dolor para poder continuar–, suele requerir más tiempo que, por ejemplo, una mala experiencia laboral.

Para Garriga, “en vez de perder mucho tiempo en quejas, en preguntarse ‘¿por qué a mí?’, resulta más valioso aceptar que eso ha sucedido, ha venido y hacerle espacio”.

Eso sí, sin forzar nada. Hay personas que viven una pérdida reciente y al poco tiempo ya hay quienes les preguntan qué aprendieron, sin tener en cuenta que este proceso natural requiere tiempo, que no se puede imponer ni presionar desde fuera.

Fuente: Revista Mente Sana