Como la llama de una vela, la vida humana puede apagarse en un instante, basta un soplo de aire para eso. Tenerlo presente permite aprovechar su irrepetible luz.

El tiempo, el gran maestro que nos enseña por igual, el juez que pone las cosas en su sitio, me abrió los ojos del corazón y me hizo comprender que el tiempo que tenemos es únicamente ahora.

Dice el Dalái Lama que solo hay dos días en nuestra vida en que no podemos hacer nada: ayer y mañana. He hecho las paces con la familia, con mi raíz, y desde entonces vivo cada día como si fuera el último, valoro lo que realmente importa y quiero de verdad.

Todos hacemos lo que podemos, aunque a veces nos parezca poco porque somos demasiado exigentes con los demás y con nosotros mismos. Por eso nos cuesta tanto perdonar o sentir la felicidad, porque nos aferramos a la exigencia, a los sentimientos que nos dañan y nos debilitan y nos impiden ser libres, mientras todos reclamamos lo mismo: ser queridos y aceptados.

Pero si la vida pusiera a prueba en un momento dado tus creencias, tu valor, tus referencias, quitándote lo que tanto quieres, ¿cuál sería tu reacción? Vivimos en un constante cambio, porque el tiempo pasa y es lo más inexorable y a la vez lo más bondadoso que existe, puesto que es justo y trata a todo el mundo por igual.

la vida es el tiempo, tiempo que creemos que poseemos sin fin, cuando es un hecho que desde el primer aliento empezamos a morir. Si mañana hubieses de morir, ¿estarías hoy enojado con tu madre, padre o hermanos? ¿Irías a trabajar? ¿Guardarías el perfume favorito para una ocasión especial? ¿Te callarías un “te quiero”, “gracias”, “perdóname”, “abrázame”, “bésame”, “quédate conmigo”, “te perdono”…? Nada es tan importante y todo es relativo.

Fuente: Revista Mente sana