La mente es ambiciosa y no siempre asume la realidad del cuerpo. Pero aceptar el cuerpo con satisfacción y alegría ayuda a sentirse en paz con uno mismo y con la vida. ¿Cómo reconciliarlos? ¿Se puede desarrollar una actitud de escucha y amor hacia el cuerpo?

Aveces se contempla el propio cuerpo como un juez evalúa a un delincuente y condena sus delitos. O como un cliente defraudado ante un producto que no satisface sus ilusiones.

Se percibe quizá como algo ajeno que entorpece el alcance de objetivos o de un bienestar más pleno. Mirarse al espejo tal vez genera desencanto en lugar de amor, pues se querría eliminar literalmente cualquier defecto que contradiga la imagen que se desea ofrecer al mundo.

Yo también me he mirado así. En la escuela no era de las mejores en gimnasia y, desde muy joven, como tantas mujeres, me percibía con exceso de peso y anchas caderas.

Sin embargo cuando estaba embarazada e iba experimentando mi transformación, así como la del ser que estaba dentro de mí, me asaltaba esta idea: “Suerte que mi cuerpo se ocupa por sí solo de este milagroso proceso. Si dependiera de mi mente o mi esfuerzo sería imposible tenerlo todo en cuenta”.

Solemos olvidar algo tan obvio como que gracias al cuerpo uno está vivo y puede generar vida. De un cuerpo salimos y en otro vivimos.

APRENDER A ESCUCHAR Y A AMAR TU CUERPO

Cada segundo el cuerpo se autorregula y lleva a cabo complejas funciones por sí solo. Agradecer esta inteligencia biológica presente en cada célula del organismo es el primer paso para reconciliarse con el cuerpo. La mente puede juzgar, etiquetar e incluso esclavizar el cuerpo, pero ella misma no existiría sin él ni su sabiduría natural.

Es cierto que son atractivas esas siluetas de curvas perfectasdelgadez impecablemusculatura tonificada y juventud poco menos que eterna. Es difícil sustraerse al deseo de parecerse a ellas, sobre todo cuando su imagen aparece constantemente en anuncios, revistas, películas…

El poder multiplicador de la sociedad de consumo logra que unos pocos cuerpos-modelo constituyan el ideal al que aspira buena parte de la humanidad.

Tanta es su influencia que las mujeres de la India ya blanquean su piel y algunas de Extremo Oriente se operan los ojos para redondearlos. En Occidente se ha vuelto habitual pasar por el quirófano para “corregir” el rostro u otras partes del cuerpo.

DEL CUERPO IDEAL AL REAL

¿Qué mecanismos impulsan a ver el propio cuerpo como un material para moldear o un animal que domesticar?

Desde el nacimiento la persona recibe información del exterior que conforma su concepto de belleza. Padres, compañeros y profesores hacen comentarios que determinan la valoración que cada uno realiza sobre su aspecto físico.

Cientos de imágenes de cuerpos considerados perfectos –no siempre fieles a la realidad– dibujan en la mente la idea de lo que nuestro cuerpo “debería ser”. Y al comparar su cuerpo con ese modelo ideal las mujeres, y cada vez más hombres, se juzgan severamente.

Fuente: Revista Mente Sana

A lo largo de la vida vamos hallando en nuestro camino un sinfín de vivencias. Algunas las abrazamos rápidamente porque nos alegran, como el nacimiento de un hijo o una nueva y bella amistad. Otras, en cambio, nos cuesta aceptarlas, porque nos han herido, como la pérdida de un ser querido.

Si el dolor es profundo puede incluso que lleguemos a cerrar nuestro corazón intentando protegernos. Si bien en un primer momento ante una experiencia que nos ha lastimado –una enfermedad, una ruptura amorosa o un despido laboral– es totalmente normal y legítimo intentar apartarla, oponerse demasiado tiempo a aquello que la vida depara puede llevar a instalarse en posiciones de rechazo, de sentimientos de injusticia, tal vez de rencor o de rabia, que son las galerías del sufrimiento humano.

Y así dejamos de crecer como personas y de enriquecer nuestro abanico de experiencias. “Llegar a apreciar o a aceptar, a incluir en nuestro corazón, las experiencias que hemos tenido, incluso aquellas que fueron difíciles, es a la larga una buena estrategia. De esta manera también nos mantenemos más abiertos a la vida y nos enraizamos más en nosotros mismos”, considera Joan Garriga, cofundador del Institut Gestalt de Barcelona.

Intentar aceptar y apreciar las cosas complicadas que nos suceden no implica que dejen de hacernos daño. Pero no se trata tanto de no luchar como de aceptar y seguir avanzando. En el fondo, es cuestión de agradecer aquello que nos va ocurriendo e ir soltando lastre, para moverse sin carga.

Porque tomar consciencia y dejar ir genera amplitud, espacio para observar. A partir de ahí se puede elegir qué hacer, qué pasos dar, dónde poner la mirada.

ABRAZAR LOS APRENDIZAJES

Ser delicado y cuidadoso con los procesos de aprendizaje, amar lo que surge y lo que se adquiere en cada momento, aunque a veces duela, nos reconcilia con partes valiosas de nuestra humanidad.

Amar aquello que se aprende, amar sin la dimensión que tiene amar a un hijo o a un amigo, sino más bien como acto de conformidad, de no oposición, de aceptación. De tratar de extraer alguna semilla fértil de aquello que fue difícil. Porque entonces sí que puede brotar amor, que no es tanto un estado emocional como una actitud de acogimiento, de bienvenida a las cosas tal como se manifiestan.

Todo puede tener un lugar. Hay quien considera que padecer enfermedades tan graves como el cáncer es lo que genera un verdadero aprendizaje; no obstante,todo en la vida es una puerta abierta para aprender, desde casarse a tener un hijo o comenzar una nueva etapa laboral. Amar todos esos variados aprendizajes que se nos plantean permanentemente es un largo camino con diversas fases.

Cada uno tiene unos tiempos y procesos para avanzar en ese viaje. Si algo le sucede a un hijo o a la pareja, eso nos sumerge en una especie de remolino emocional interno. Recuperarse de esa vivencia y poder emprender el camino de nuevo –separándose un poco del dolor para poder continuar–, suele requerir más tiempo que, por ejemplo, una mala experiencia laboral.

Para Garriga, “en vez de perder mucho tiempo en quejas, en preguntarse ‘¿por qué a mí?’, resulta más valioso aceptar que eso ha sucedido, ha venido y hacerle espacio”.

Eso sí, sin forzar nada. Hay personas que viven una pérdida reciente y al poco tiempo ya hay quienes les preguntan qué aprendieron, sin tener en cuenta que este proceso natural requiere tiempo, que no se puede imponer ni presionar desde fuera.

Fuente: Revista Mente Sana

Una buena actitud, incluso en medio de grandes desafíos, siempre te permitirá afrontar mejor las cosas.

Se habla mucho acerca de la motivación, y siempre viene bien recordar algunas bases de este anabólico intrínseco que tienen todos los seres humanos, independientemente de sus características y situación personal.

Como es algo subjetivo, la motivación depende directamente de la actitud más que de la voluntad. Una buena actitud, incluso en medio de grandes desafíos, siempre te permitirá afrontar mejor las cosas.

En las organizaciones de todo tipo cada vez más se hace foco en la motivación, que, en esencia, es el conjunto de estímulos que mueven a las personas independientemente de los contextos.

Con una fuerte influencia de los estudios del comportamiento humano, sabemos que la motivación es inherente a cada persona y, también, a grupos y equipos por más diversos que sean.

Algunas características

La motivación es transversal a cualquier persona y organización que necesite salir adelante; forma parte del impulso vital que nos mantiene vivos.

En su construcción, la psicología ha diferenciado algunas características que necesitan ser consideradas para comprenderlo mejor:

Proceso psicológico interno: si bien no puede observarse directamente, sí sabemos que la motivación se “siente” a través de los comportamientos que genera, y la consecución de logros.

Como es un fenómeno individual, depende de cada ser humano la forma en que le afectarán e influenciarán los motivadores internos. El mismo motivador, en otra persona, generará posiblemente un resultado distinto.

Desde otra perspectiva, la motivación es compleja, ya que requiere un proceso de análisis, integrar experiencias, conocimientos, actitudes y comportamientos, que se manifiestan, a su vez, en forma consciente e inconsciente.

Hay dos tipos de motivación: extrínseca o intrínseca. La primera, viene dada por estímulos externos, desde afuera de la persona -por ejemplo, cuando se entrega un premio a alguien, o se obtiene un logro muy deseado-; en cambio la intrínseca tiene el componente interno de cada persona.

Desde la perspectiva resultadista, motivación es lo que se necesita para estimular el desempeño humano y obtener resultados en cualquier aspecto, no sólo en el plano laboral. Al propender a lograrlo, es propositiva, porque promueve y propone un enfoque de energía y entusiasmo, optimismo y entrega, para conseguir lo que se anhela o se desea hacer.

Al hacerlo, el canal motivacional humano va creando conductas de actitud, movimiento, actividad y persistencia, para lograr resultados más allá de lo inmediato. Es lo que comúnmente llamamos “personas con ganas”.

La creación de un marco de experiencias de motivación, consolida la autoestima, ya que permite a la persona superar la inercia y la mediocridad media, para entusiasmarse por aquello en lo que ve un resultado, una recompensa interna o externa.

Al compartir este espíritu interno auto motivado, recibe una generación extra de energía; se retroalimenta para seguir actuando en consecuencia, y crea un ecosistema de entusiasmo y optimismo que se nutre con y de los demás en la misma frecuencia. Por eso es que resulta habitual que personas auto motivadas decidan aislarse o separarse de aquellas negativas y poco proactivas, ya que, según dicen, “las tiran hacia abajo”.

La motivación organizacional

En las empresas y organizaciones hay una creencia de que un equipo bien motivado va a obtener mejores resultados. Esto es correcto, parcialmente; puesto que es complejo lograr un mismo nivel de motivación que sea parejo para todos los integrantes.

Más bien el eje a trabajar desde la Innovación Emocional es el optimismo, la entrega y, sobre todo, el propósito.

“Muchos líderes confunden motivación con euforia, y son cosas distintas” (Daniel Colombo)

¿Qué cosas motivan a las personas?

Hay características muy claras respecto a los estímulos internos y externos que generan motivación. Una caracterización rápida incluye aspectos biológicos (como saciar el hambre, la sed, descanso apropiado, satisfacción sexual); sociales (logros, poder, auto realización, reconocimiento); e incluso lo personal (consecución de metas proyectadas en el tiempo; sentido de crecimiento y desarrollo interno; ser escuchado, amado y considerado).

Para motivar y motivarnos, es importante cruzar una serie de aspectos que incluyen, al menos, estos recursos: comunicación asertiva, apertura, gestualidad apropiada, equilibrio y balance entre la vida y el trabajo, socializar y compartir experiencias, tiempo de relax y pausas activas, reconocimiento y planificación de metas.

El desafío es mantenerse motivado y entusiasmado por la vida. Algo tan cotidiano, como la posibilidad de levantarse cada día, para muchos es un gran motor, mientras que para otros, una carga intolerable.

Trabajar en el ajuste emocional interno es esencial para desarrollar la cualidad de la motivación, incluso como una forma sumamente efectiva de atravesar las dificultades propias de la condición humana.

Para lograrlo, aquí tienes más recursos: mantenerse con metas, proponerse objetivos y alcanzarlos paso a paso partiendo de pequeños pasos microscópicos, disfrutar de momentos de quietud y reflexión, nutrirse de visiones positivas de la vida -sin negar la realidad-, incorporar hábitos saludables, y hablar con personas que sostienen su éxito y propósitos, son grandes impulsores para tu motivación.

Fuente: Revista Entrepreneur

Despertar, ir al trabajo, trabajar, ir a casa, cenar, dormir, despertar, ir al trabajo, trabajar, ir a casa, cenar, dormir, endeudarse y pagar para endeudarse de nuevo, esperar con hambre las vacaciones que siempre son cortas. Hacer propósitos que nunca se cumplen… repetir.

Se nos ha criado con la idea de: “cuando tenga… haré”. Cuando tenga dinero, cuando acabe la carrera, cuando me case, cuando tenga hijos, cuando crezcan esos hijos, cuando me jubile, cuando tenga tiempo… para después disfrutar la vida cuando ya se nos ha escapado.

¡La vida es ahora!, y si quieres una de verdad buena, que valga la pena, satisfactoria y plena, tienes que tomarla porque no vendrá sola.

Actúa ahora, ten ahora, disfruta ahora, hazte responsable de tu vida ahora. No es la sociedad, ni tu familia, no hay un villano tratando de arruinarte, la nube no te espera para llover, el universo no tiene nada en tu contra.

Sé que es difícil liberarse de una rutina monótona cuando se ha estado repitiendo durante años, hasta la defenderíamos con los dientes encontrando rápidamente un puñado de excusas del por qué no debemos cambiar esa seguridad por el camino que nos apasiona. Y no te mentiré, es difícil, el costo es alto en todo sentido, cosas y personas quedarán atrás, sin embargo, las recompensas también son grandes, nuevas  y mejores cosas y personas llegarán.

¿Quieres más dinero, un trabajo que te apasione, la pareja de tus sueños? ¿Qué estás dispuesto a ofrecer? Porque la vida te pedirá todo para darte todo. No vivimos para comer y ganar dinero, ¡comemos y ganamos dinero para vivir!

Adquiere hábitos ganadores y cambiará tu manera de ver el mundo. Uno no puede ir por la vida actuando y pensando cómo 95% de la gente y querer tener éxito como el 5%.

Así que aquí algunos tips para lograr la vida que deseas y mereces.

1. Si no te gusta, no lo hagas

¿Hay cosas que no te gusta hacer? ¡No las hagas! El éxito surge de no hacer esas cosas. Uno hace mejor lo que a uno le gusta.

2. Da

Si quieres riqueza, crea riqueza para los demás, si quieres obtener, tienes que dar.

3. Deja ir

Lo que no sirve, que no estorbe. Aléjate de las personas toxicas y júntate con las personas a las que te quieras parecer, con quien gana lo que tú quieres ganar, que sabe lo que tú quieres saber, que viaja donde tú quieres viajar.

4. Arriésgate

Si no asumes riesgos tampoco tendrás oportunidades, ¡El riesgo como un mantra! Pero no es hacerlo por hacerlo. Arriesga inteligente y con plan en mano, la información útil te ayudará a reducir ese riesgo y el miedo de hacerlo.

5. Cambia

Haz lo que tengas que hacer, cambia de carrera, sal del trabajo que odias, emprende ese nuevo negocio, vuelve a la escuela si es necesario, toma un viaje por carretera y no decidas el destino hasta que estés lejos de casa.

6. Empieza desde cero

Si quieres cambiar el fruto tienes que cambiar la semilla… no es opcional, ¿la excusa es que no tienes dinero? ¡Excelente!, nadie busca lo que ya tiene.

Y recuerda, vas por buen camino si te levantas por la mañana y piensas: “Esto es lo que me apasiona”,  “para esto he nacido”, la aventura es el premio, el éxito está en el camino a sabiendas de que no hay garantías, una vida plena no se da, se toma.

Fuente: Revista Entrepreneur

No nos juzguemos más. No nos castiguemos más. Démonos un respiro y dejemos de culpabilizarnos, porque antes de poder cambiar nos debemos aceptar.

¡No te acuses más! Nuestro peor enemigo somos nosotros mismos, en pelea continua entre lo que somos y lo que pensamos que deberíamos ser. Si el juez interior aparece, acepta en lugar de luchar.

No hacen falta palabras para definir la culpa. Cualquiera de nosotros conoce el malestar interno que sentimos cuando ese sentimiento nos invade.

La culpa es un “estado de pelea” entre la persona que somos y la idea que tenemos de cómo deberíamos ser y actuar

Y aunque a veces puede parecer útil para evitar o rectificar actitudes con las que hemos herido a alguien, si nos encallamos en ella se convierte en una desagradable sensación de lucha contra uno mismo.

Aceptémonos tal como somos

Pero se trata de una lucha perdida de antemano que consume nuestra energía y nos conduce a la amargura. Aceptar amorosamente que somos quienes somos es un requisito indispensable para que la culpa no nos invada.

Aceptarnos tal cual no quiere decir que no podamos cambiar y mejorar o que no podamos crecer como personas, pero seguro que no lo lograremos por el camino de la culpa y el reproche.

¿Dónde nace la culpa?

Las semillas de la culpa surgen desde nuestra niñez y crecen a lo largo de nuestra vida.

1. Los jueces paternos

Cuando nuestros padres no nos validan tal y como somos construimos la idea de que está mal ser lo que somos y pretendemos ser otros, para acercarnos a ese modelo que nuestros padres dicen que debemos ser.

Un ejemplo sencillo y conocido es cuando al niño se le advierte: “Los hombres no lloran”. De forma inconsciente ese niño saca sus primeras conclusiones: “Está mal llorar, está mal lo que siento”. A partir de ahí, cada vez que llore se sentirá culpable.

Las ideas que adquirimos de los padres se potencian con lo que la sociedad nos indica como bueno y debido

No se trata de que esté mal tener ideas de lo que queremos ser o hacer, sino de qué hacemos cuando nuestra vida no coincide con nuestras ideas.

La situación en que nos encontramos puede gustarnos o no, pero es la realidad y solo podemos construir a partir de ella.

Lo que somos siempre es mucho más sólido que cualquier idea, por brillante que sea, de lo que deberíamos ser.

Fuente Revista Mente Sana

Los efectos del chantaje emocional

El chantaje emocional, supone la manipulación de los sentimientos y la restricción de las acciones a través de estrategias nocivas para controlar las emociones de las otras personas. Este control acaba generando:

  • Sumisión.
  • Baja autoestima.
  • Una imagen de sí misma profundamente negativa.
  • Una enorme inseguridad.
  • Y, sobre todo, un perpetuo sentimiento de culpa que se extrapola a cualquier relación presente o futura.

Para recuperarse de este tipo de daño emocional, la mayor parte de las veces arrastrado desde la infancia (junto a otras carencias), resulta necesario que la persona comprenda que la relación que mantenía era insana y que fue víctima de un control enfermizo en forma de abuso emocional.

Además, para restablecer su autoestima, tiene que liberarse de la imagen negativa y destructiva que tiene sobre sí misma y trabajar para romper el control emocional que han ejercido sobre ella durante toda su vida.

Fuente: Revista Mente Sana

Gracias al estrés generamos más adrenalina y noradrenalina, lo que permite que nuestra mente se agudice y que nuestra atención sea mayor.

Somos expertos en posponer cosas importantes. Esperamos hasta el último momento para preparar un examen o un informe y apuramos al máximo para entregar la declaración de la renta. Somos auténticos procrastinadores, como se dice técnicamente. Demoramos tareas que podríamos hacer con más tranquilidad si las hubiésemos empezado un poco antes. Hay varias explicaciones de por qué tomamos estas decisiones. La primera es la pereza. Aceptémoslo: nos aburren ciertos trámites y tenemos la fantasía de que un buen día nos levantaremos con la energía suficiente para hacer lo que nos cuesta. Es posible que en muchos casos sea cierto, sobre todo cuando son labores tediosas. El problema es que también nos sucede con aquello que nos gusta. Por eso existe otro motivo más: buscamos inconscientemente el estrés.

Sobre el estrés pesa un gran sambenito. Compramos fármacos para combatirlo o practicamos técnicas para reducir sus efectos perniciosos. Sin embargo, hace algunos años se demostró que también tiene una parte positiva. Cuando vivimos situaciones estresantes nuestras células se fortalecen, sintetizamos proteínas y reforzamos nuestro sistema inmunitario. Esta es la razón por la que, después de un esfuerzo físico en el gimnasio, uno siente una sensación agradable. Gracias al estrés generamos más adrenalina y noradrenalina, lo que permite que nuestra mente se agudice y que nuestra atención sea mayor. Por ejemplo, si tenemos que preparar algo importante no nos concentramos de la misma forma si disponemos de todo el día que en caso de contar con una hora, cuando el nivel de exigencia es mayor.

Si estamos obligados a realizar una operación en poco tiempo nuestro nivel de concentración aumenta y las interrupciones se reducen drásticamente, por lo que dejaremos el móvil aparcado en una esquina. Buscamos el estrés para activarnos, aunque nuestra respuesta sea inconsciente. El problema surge cuando calculamos mal y nos pasamos del plazo de tiempo del que disponemos. Entonces, esta situación deja de ser una reacción positiva para convertirse en algo que realmente nos daña. Para evitarlo y convertir al estrés en nuestro aliado, el matrimonio Crum sugiere tres pasos en un artículo publicado en la Harvard Business Review.

Primer paso: aceptemos al estrés. Más que negarlo, es recomendable nombrar el nivel de estrés al que estamos sometidos. Curiosamente, lo que opinemos de esta situación definirá el nivel de respuesta de nuestro cuerpo. Si creemos que nos juega una mala pasada, nuestro nivel de cortisol aumentará mucho más que si vemos su cara amable, como se ha comprobado en la Universidad de Stanford, en Estados Unidos.

Reconocer el estrés también nos ayuda a tomar distancia. Cuando se activa en nosotros, los centros automáticos, como la amígdala, cobran fuerza en nuestro cerebro. Según una investigación basada en escáneres cerebrales, si hablamos de lo que nos altera, la actividad neuronal pasa de la amígdala al neocortex, lo que nos permite una respuesta más consciente y elaborada. Por eso, para evitar que nos paralice en exceso, tenemos que hablar del estrés y reconocer en qué nivel nos encontramos.

Segundo paso: seamos propietarios de nuestro estrés. Esta situación nos impide caer en lamentos o en excusas de por qué me pasa a mí. Como sugiere el matrimonio Crum con una metáfora, si hemos decidido subir al Everest, hemos de asumir que vamos a pasar unas cuantas noches frías y oscuras. Por eso, si queremos preparar un informe importante, emprender un negocio o criar un hijo, necesitamos aceptar que dicha decisión implica momentos difíciles y alguna que otra noche fría y oscura en la ladera del Everest. De esa misma manera, si hemos decidido dejar algo para el último momento, tenemos que asumir que estamos pagando el peaje por el camino que hemos elegido.

Y tercer paso: usemos al estrés en nuestro propio beneficio. El límite del estrés positivo y del que nos hace daño lo tenemos que manejar nosotros. Es posible que acusemos mucho estrés si dedicamos solo un día a ese informe importante o a preparar un examen pero que, si ampliamos el plazo de tiempo e invertimos un par de días, no nos dañe tanto. Ese límite ha de definirlo cada uno conforme a su carácter y a la actividad. Vale la pena reflexionarlo para utilizarlo en nuestro propio beneficio.

Fuente: Periódico El País

La sensación de plenitud depende de las pequeñas decisiones con la que alimentamos nuestro día a día y que dependen, una vez más, de nosotros mismos. Veamos a continuación cuáles son, conforme la propuesta de Sonja Lyubomirsky, profesora de la Universidad de California:

  1. Manifiesta gratitud: Es difícil ser feliz si no valoramos lo que tenemos. Pensar con gratitud nos ayuda a saborear las experiencias positivas, a reforzar la autoestima y el amor propio. La gratitud es el antídoto, además, para evitar la queja. Por ello, si antes de dormir revisamos tres cosas buenas que nos han sucedido hoy, vamos incorporando el hábito de agradecimiento.
  2. Cultiva el optimismo: Lyubomirsky propone una actividad llamada “el diario del mejor yo posible”, que consiste en visualizar y escribir sobre cómo nos gustaría ser en un futuro. En este apartado, no deberíamos concentrarnos en bienes materiales, sino en nosotros; en nuestros valores, comportamientos que querríamos desarrollar en un tiempo. Por ejemplo, poder vivir más espacios de ternura, tener más paciencia o entusiasmarme más con mis proyectos.
  3. Evita darle vueltas a las cosas y las comparaciones sociales: El compararnos con el resto es un poso seguro de infelicidad. Si nos creemos mejores, nos da un sentido de superioridad insano. Si nos consideramos peores, desmerecemos nuestro trabajo y el progreso que hayamos conseguido. El reto consiste en convertirnos en la mejor expresión de nosotros mismos, más allá de lo que hagan otros. Además de lo anterior, cuando pensamos demasiado ó damos vueltas a las cosas de forma innecesaria, nos desgastamos profundamente. Necesitamos desarrollar estrategias defensivas para distraernos de los pensamientos negativos. Por ejemplo, si nos asalta una idea nociva, acudir rápidamente a un recuerdo bonito, a una imagen que nos dé paz o incluso a una canción. No olvidemos que somos nosotros quienes podemos alimentar o no los pensamientos.
  4. Sé amable: Los estudios de Seligman señalan que ser genero­sos y atentos con los demás, aunque sea un solo día a la semana, nos permite registrar un incremento de su felicidad considerable. Por ello, no es de extrañar que cuando nos rodeamos de personas con comportamientos agradables, los niveles de estrés se reducen. Por ello, incorporar la amabilidad (y la ternura) en nuestro día es un requisito para disponer de una vida plena.
  5. Cuida las relaciones sociales: Dedicar tiempo a comunicarse, manifestar apo­yo y lealtad son algunas de las actividades que han demostrado efica­cia para incrementar los niveles de felicidad. La amistad es una de las grandes riquezas que podemos cultivar como hemos comentado en otro artículo.
  6. Desarrolla estrategias de afrontamiento: Afrontar es lo que hacemos para aliviar el dolor o el estrés provocados por un acontecimiento negativo. La negación es un actitud que alimenta el conflicto. Por ello, es recomendable buscar canales para expresar lo que nos duele y con ello, poder afrontarlos. Y los hay de diversa índoles: desde una buena conversación a cualquier expresión artística, como la escritura o la pintura.
  7. Aprende a perdonar: Las personas que perdonan manifiestan una disminución de sus emociones negativas y un aumento de su autoestima y su esperanza. Lyubomirsky nos presenta varios ejercicios para aprender a perdonar, como apreciar ser perdonado: imaginar el perdón, escribir una carta de disculpas, ser más empáticos o atribuir cierta bondad o generosidad al transgresor.
  8. Saborea las alegrías de la vida: Los investigadores definen el disfrute como los pensamientos o comportamientos que son capaces de generar, intensificar y prolongar el placer. Actividades como saborear las experiencias comunes, disfru­tar y rememorar con familiares y amigos, festejar las buenas noticias o permanecer abierto a la belleza y la excelencia, permiten incrementar nuestra sensación de plenitud… Por cierto, ¿hace cuánto que no celebras un éxito por pequeño que sea?
  9. Comprométete con tus objetivos: Los comienzos del año suelen ser un buen momento para revisar nuestros objetivos, como comentamos en el último artículo. En este apartado, hemos de escogerlos para que estén en armonía con otros objetivos personales y con la flexibilidad suficiente para dejarnos sorprender por lo que la vida muchas veces nos ofrece.
  10. Cuida de tu cuerpo: La meditación, la actividad física y el actuar como una persona feliz (es decir, expresar las emociones positivas con gestos como reír o sonreír) son hábitos que nos ayudan a sentirnos mejor. En cuerpos erosionados es más difícil, por no decir imposible, cultivar una vida plena.

Las anteriores acciones podemos poner en marchar en cualquier momento para trabajar por nuestro bienestar, porque como dijo sabiamente Abraham Lincoln

“La mayoría de las personas son tan felices como ellos preparan a su mente para serlo”

Fuente: Periódico El País

Vivir es ir sumando sucesos, decisiones y sentimientos. Incluso lo que llamamos errores son peldaños en el proceso de aprendizaje hacia nuestra felicidad.

Es de sentido común pensar que lo que nos da la experiencia a todos son los años, lo que no implica, automáticamente, adquirir sabiduría. Una cosa es lo que nos sucede y otra lo que pensamos y sentimos acerca de eso que nos sucede.

Hechos similares hunden a algunas personas y a otras las fortalecen. ¿Qué las distingue?

Hay quienes aprenden siempre y quienes pasan por la vida como de puntillas, sin querer aprender de sí mismos, empeñados en que el mundo les es y será siempre hostil. Todos conocemos a personas mayores que han ido haciéndose cada día más sabias a través de la experiencia… y a otras que se han ido progresivamente cerrando al aprendizaje.

El ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pero a veces, como Bill Murray en Atrapado en el tiempo, parece que no escarmentamos y, a pesar de superar duros reveses en nuestra vida, volvemos a cometer una y otra vez los mismos fallos que nos llevaron a esa situación.

Es cierto que, sobre todo cuando estamos pasando por un periodo complicado, nos resulta muy difícil ver las cosas objetivamente y no entendemos por qué suceden. Sin embargo, ese es el mejor momento para enfocarnos en el aprendizaje. Lo importante es que en el proceso podamos detenernos y preguntarnos qué podemos aprender de nosotros mismos.

Si no nos damos la oportunidad y la apertura para identificar lo que nos está limitando, nosotros mismos nos convertimos en nuestro mayor obstáculo.

Para dejar entrar cosas nuevas en nuestras vidas tenemos que cerrar, limpiar, tirar o deshacernos de lo que no nos sirve, no funciona o nos hace daño. Pero lo más importante es el aprendizaje que nos dejaron estas experiencias.