Vivir es ir sumando sucesos, decisiones y sentimientos. Incluso lo que llamamos errores son peldaños en el proceso de aprendizaje hacia nuestra felicidad.

Es de sentido común pensar que lo que nos da la experiencia a todos son los años, lo que no implica, automáticamente, adquirir sabiduría. Una cosa es lo que nos sucede y otra lo que pensamos y sentimos acerca de eso que nos sucede.

Hechos similares hunden a algunas personas y a otras las fortalecen. ¿Qué las distingue?

Hay quienes aprenden siempre y quienes pasan por la vida como de puntillas, sin querer aprender de sí mismos, empeñados en que el mundo les es y será siempre hostil. Todos conocemos a personas mayores que han ido haciéndose cada día más sabias a través de la experiencia… y a otras que se han ido progresivamente cerrando al aprendizaje.

El ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pero a veces, como Bill Murray en Atrapado en el tiempo, parece que no escarmentamos y, a pesar de superar duros reveses en nuestra vida, volvemos a cometer una y otra vez los mismos fallos que nos llevaron a esa situación.

Es cierto que, sobre todo cuando estamos pasando por un periodo complicado, nos resulta muy difícil ver las cosas objetivamente y no entendemos por qué suceden. Sin embargo, ese es el mejor momento para enfocarnos en el aprendizaje. Lo importante es que en el proceso podamos detenernos y preguntarnos qué podemos aprender de nosotros mismos.

Si no nos damos la oportunidad y la apertura para identificar lo que nos está limitando, nosotros mismos nos convertimos en nuestro mayor obstáculo.

Para dejar entrar cosas nuevas en nuestras vidas tenemos que cerrar, limpiar, tirar o deshacernos de lo que no nos sirve, no funciona o nos hace daño. Pero lo más importante es el aprendizaje que nos dejaron estas experiencias.