No nos juzguemos más. No nos castiguemos más. Démonos un respiro y dejemos de culpabilizarnos, porque antes de poder cambiar nos debemos aceptar.

¡No te acuses más! Nuestro peor enemigo somos nosotros mismos, en pelea continua entre lo que somos y lo que pensamos que deberíamos ser. Si el juez interior aparece, acepta en lugar de luchar.

No hacen falta palabras para definir la culpa. Cualquiera de nosotros conoce el malestar interno que sentimos cuando ese sentimiento nos invade.

La culpa es un “estado de pelea” entre la persona que somos y la idea que tenemos de cómo deberíamos ser y actuar

Y aunque a veces puede parecer útil para evitar o rectificar actitudes con las que hemos herido a alguien, si nos encallamos en ella se convierte en una desagradable sensación de lucha contra uno mismo.

Aceptémonos tal como somos

Pero se trata de una lucha perdida de antemano que consume nuestra energía y nos conduce a la amargura. Aceptar amorosamente que somos quienes somos es un requisito indispensable para que la culpa no nos invada.

Aceptarnos tal cual no quiere decir que no podamos cambiar y mejorar o que no podamos crecer como personas, pero seguro que no lo lograremos por el camino de la culpa y el reproche.

¿Dónde nace la culpa?

Las semillas de la culpa surgen desde nuestra niñez y crecen a lo largo de nuestra vida.

1. Los jueces paternos

Cuando nuestros padres no nos validan tal y como somos construimos la idea de que está mal ser lo que somos y pretendemos ser otros, para acercarnos a ese modelo que nuestros padres dicen que debemos ser.

Un ejemplo sencillo y conocido es cuando al niño se le advierte: “Los hombres no lloran”. De forma inconsciente ese niño saca sus primeras conclusiones: “Está mal llorar, está mal lo que siento”. A partir de ahí, cada vez que llore se sentirá culpable.

Las ideas que adquirimos de los padres se potencian con lo que la sociedad nos indica como bueno y debido

No se trata de que esté mal tener ideas de lo que queremos ser o hacer, sino de qué hacemos cuando nuestra vida no coincide con nuestras ideas.

La situación en que nos encontramos puede gustarnos o no, pero es la realidad y solo podemos construir a partir de ella.

Lo que somos siempre es mucho más sólido que cualquier idea, por brillante que sea, de lo que deberíamos ser.

Fuente Revista Mente Sana