Si queremos poder recurrir a la inteligencia del corazón, nos hará falta desarrollarla: para ello debemos estar bien provistos de valentía, honestidad y perseverancia.

Usar la inteligencia del corazón no es algo que podamos desear y que automáticamente se cumpla. Aprender a escuchar a nuestro verdadero yo y no confundirlo con las voces de nuestros miedos, o de nuestros prejuicios, o de nuestros apetitos, es un trabajo constante que exige consciencia y, sobre todo, un entrenamiento diario, igual que asumimos que para tocar un instrumento tenemos que practicar y practicar hasta que la música pueda fluir como si no hubiera técnica detrás.

Un entrenamiento para conocernos mejor

Primero somos lentos y torpes, queremos dominar nuestras emociones y pensamientos, pero no siempre podemos. Después, a base de práctica, somos más diestros, y un día lo conseguimos.

Tenemos claro que tenemos que aprender a escribir y a leer, que tenemos que aprender matemáticas, física, geología, biología… pero ¿y aprender a conocernos y a escucharnos? Quizá porque asumimos que ya sabemos hacerlo, vivimos tantas veces atrapados en el miedo, el odio, la frustración…

El autoconocimiento es una disciplina, requiere de práctica constante para que una vez aprendida fluya en nosotros la capacidad de escuchar a nuestro corazón de una forma natural, auténtica y verdadera. ¿Fácil? Si lo fuera, todos ya habríamos aprendido y viviríamos en armonía con nosotros mismos en sociedades donde reinaría la paz. ¿Es una utopía? ¿Por qué?

Depende de cada uno de nosotros, de nuestro nivel de compromiso con nosotros mismos, con nuestro destino. Podemos convertir nuestra vida en un gimnasio para fortalecer esos músculos que permitirán que nuestro yo alcance su destino, en lugar de caminar por los senderos que otros prefieren.

Los cinco músculos de nuestro corazón

Podemos imaginar que el corazón tiene cinco músculos que hay que entrenar, y que se corresponden con cinco virtudes:

  • La prudencia nos dispone a usar la razón para discernir en toda circunstancia lo que es bueno para nosotros y a escoger los medios justos para lograrlo. Podríamos decir que diferencia la acción del impulso.
  • La justicia consiste en dar a cada uno lo que le corresponde con equidad. Es la voluntad firme de que el prójimo tenga lo que le es debido. Implica un respeto hacia las otras personas y hacia el bien común.
  • La fortaleza nos asegura que aun en los tiempos difíciles tendremos la firmeza y constancia de actuar movidos por el amor y la confianza. Nos dará la fuerza necesaria para mantener buena cara al mal tiempo.
  • La templanza modera el placer de satisfacer nuestros deseos más instintivos procurando un equilibrio. Nos asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos corpóreos y los mantiene en los límites que creemos saludables.
  • La caridad. Con ella practicamos el amor incondicional. Es la virtud por excelencia y es la que la inteligencia del corazón nos invita a ejercer, haciendo también uso de todas las otras.

Cada situación en la vida es una oportunidad para poner en práctica cada uno de estos músculos (o los cinco a la vez). Si los fortalecemos, aprendemos a amar, aprendemos a amarnos a nosotros mismos y a los demás.

Aprendemos a conectar con el ser que allí habita, el verdadero yo que conoce nuestro destino.

Aprender a amar es un proceso, igual que aprender a escribir o a tocar el violín, y en él necesitaremos aliarnos con la voluntad primero y, después, cuando ya hayamos aprendido, podremos dejar que el amor fluya con naturalidad.

Fuente: Revista Mente sana